Monday, October 28, 2013

Porque hay que decir las cosas como son.


Han pasado varios meses desde mi última publicación. Desde la victoria robada de abril no había vuelto a escribir en este blog, más por la falta de ánimos e inspiración que ella influyó en mi, que por falta de temas merecedores de análisis. Mucho ha acontecido y se ha desarrollado en Venezuela desde entonces: protestas, crisis económica, escasez de bienes y servicios, desabastecimiento alimentario, escasez de divisas y la consecuente creación de nuevas figuras y procesos en el opresor sistema cambiario, un mercado negro de divisas descontrolado por la desesperación generalizada, inflación, devaluación de la moneda, la cada vez mayor parálisis de la capacidad de producción nacional, endeudamiento nacional, corrupción en aumento progresivo, incumplimiento de promesas electorales, decisiones erradas de la oposición, endurecimiento de la dictadura y del discurso ideológico comunista gubernamental,  campañas sucias de desacreditación recíproca -fundadas o no- entre gobierno y oposición, la aparente fractura interna del chavismo, y en general, el desgobierno de la República y de los Estados y Municipios, estén en manos del chavismo o de la oposición nacional.

De entre tantas tragedias que ha experimentado Venezuela, quiero comenzar por recordar una de las primeras en ocurrir tras las elecciones de abril, me refiero a la triste actitud asumida por Capriles tras las protestas que siguieron a los comicios, y en general, a todas las acciones de la Mesa de la Unidad Democrática desde aquel momento. En principio todo parecía apuntar en la dirección correcta, ya que ante las evidentes irregularidades acaecidas en el proceso electoral se desconocieron sus resultados -decisión aplaudida por todo el pueblo opositor- hasta tanto no se practicara una auditoría integral y adecuada de las totalidad de las mesas electorales, y se convocaron protestas ciudadanas ante las oficinas regionales del Poder Electoral. No obstante, en el transcurso de las protestas sucedieron hechos de violencia provocados por grupos armados adeptos al gobierno nacional, que motivaron a Capriles a preferir, por miedo a que el gobierno le imputara la responsabilidad de la violencia ocurrida –lo que a fin de cuentas y de todas formas ocurrió-, llamar al término de las protestas; y por otra parte, la auditoría solicitada por la unidad democrática no fue autorizada en la forma en que se propuso y en que cumpliría realmente su cometido; todo lo que causó un cambio radical en el proceder de Capriles.

Quien indudablemente se erigió como el líder absoluto de la oposición venezolana tras las elecciones del 7 de octubre del pasado año -condición que aún mantiene-, y estaba llamado a guiar firmemente al país en la transición hacia la democracia, pasó, tras los hechos que previamente describí, de ser un líder decidido y agresivo -en el buen sentido de la palabra-, a ser una figura pasiva, cobarde y mojigata. Nuestro líder se ha abstenido de convocar cualquier tipo de protesta seria; sustituyó su capacidad de convocatoria por la capacidad de publicar infinidad de mensajes banales en las redes sociales y de moderar un insustancial e inútil programa transmitido por internet; le da al gobierno de Maduro un reconocimiento tácito, mediante el trato con que se dirige a éste, ampliando, en lugar de minar, su legitimidad y proyección ante los ojos de la comunidad global; malgasta tiempo y esfuerzos en el absurdo ejercicio de recursos judiciales para impugnar los resultados electorales en instancias internas e internacionales, cuyo resultado obvio será, como ab initio todos sabemos, negativo e inaplicable en la práctica en cada caso respectivamente; y se resiste a llamar a este régimen por su nombre, como la dictadura totalitaria que es.

Además, como culmen de esta sucesión de desafortunadas decisiones y procederes, Capriles consideró que la vía que a mi juicio es la única posible para salir de este gobierno, en las circunstancias en que nos encontramos, que es el uso de la fuerza, no debe ser siquiera considerada por estar al margen de la constitucionalidad y legalidad (la cual es una apreciación irónica teniendo en cuenta que el gobierno contra el cual se niega a usar la fuerza es precisamente el responsable de destruir el Estado de Derecho en Venezuela), y aún no pretende realizar la por él mismo sugerida convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, que con el cambio de nuestra Carta Magna permita renovar la titularidad de las instituciones del Poder Público y que consecuentemente tal vez nos traiga el final del chavismo (lo cual en sí mismo es una desvirtuación teleológica -empero práctica y justificable- de esta figura representante del poder constituyente originario, es decir, una desvirtuación de la finalidad e intención con que fue consagrada en el actual texto constitucional), sino que dispuso que la forma en que se afrontaría al régimen sería convirtiendo a las venideras elecciones municipales de diciembre en una suerte de plebiscito sobre su liderazgo personal nacional o medición de la dimensión de la población simpatizante de la oposición, donde se valorará más el total de votos obtenidos nacionalmente entre todos los Municipios que el número de Alcaldías que sean ganadas.

Estas elecciones tienen pues, una clara y notoria finalidad estratégica para la Mesa de la Unidad Democrática, pretendiendo hacer de sus resultados una especie de declaración de fuerza, vitalidad y poderío, una demostración de que tiene más influencia sobre la población que el oficialismo, empequeñecido por la ineptitud y falta de carisma de Maduro, una delimitación definitiva del tamaño de las dos facciones enemigas entre las que lastimosa y miserablemente se distribuye la población venezolana. Este sentido que le ha dado la Mesa de la Unidad a las ya próximas elecciones, pasándolas del ámbito municipal al nacional, si es analizado objetivamente, no tiene ningún tipo de utilidad para salir del actual régimen ni para acelerar su fin; obtener un mayor porcentaje de votos a nivel nacional tampoco serviría para mandar un mensaje al gobierno nacional de que “nosotros también existimos y debemos ser tomados en cuenta” o de que “la oposición también es parte del pueblo”, ya que como en reiteradas oportunidades hemos podido darnos cuenta, el oficialismo no escucha nuestros llamados de diálogo, no ve nuestras señales de humo, muy a pesar del crecimiento exponencial del total de votos opositores en cada elección sucesiva; y mucho menos sirve esta estrategia para beneficiar al pueblo, que en definitiva seguirá viviendo en las mismas condiciones paupérrimas y bajo la misma dictadura izquierdista, obtenga la oposición el 80% de los votos nacionales o el 10% de éstos.

El único rédito de esta inversión de votos hecha en diciembre lo vería la figura de Capriles, que se mantendría firme en su posición de líder nacional opositor, habiendo los ciudadanos emitido sus sufragios no necesariamente con la intención de llevar a una persona a ser el titular de una Alcaldía, sino más con la de respaldar a Henrique; y es precisamente ello lo que convierte a la referida estrategia, criticable desde tantas ópticas, en algo justificado, correcto, razonable e incluso políticamente plausible.

El mayor problema de esta táctica, según mi valoración, se encuentra en aquellos Municipios en los que, sin celebrarse primarias para elegir a los candidatos opositores, sino que fueron escogidos por “consenso de los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática”, éstos impusieron a personas que por su negligencia e incompetencia en gestiones previas, o por su manifiesta y conocida deshonestidad y falta de valores éticos, no cuentan con el apoyo del pueblo; prevaleciendo así los intereses de los cogollos partidistas de cada región y localidad sobre el interés y la voluntad de la ciudadanía, y sobre el ideal de tener Alcaldes de calidad, con preparación para la administración pública, voluntad de cambio y visión. Este es el caso del Municipio Maracaibo, al cual me contraeré exclusivamente, por ser del que puedo hablar con mayor propiedad, al yo ser no sólo elector de éste, sino también por ser de él natural y en él desenvolverme.

En el Municipio Maracaibo la Mesa de la Unidad Democrática decidió hace ya bastantes meses dar su anuencia para las aspiraciones de reelección de la actual Alcaldesa Eveling Trejo de Rosales, sin tener en consideración el elevado porcentaje de desaprobación con que contaba -y aún cuenta- su administración, como motivo suficiente para la celebración de elecciones primarias que buscasen un nuevo candidato de mayor popularidad y sin el “rabo de paja” que Trejo tiene, probablemente teniéndose a esta decisión, dentro de la organización opositora, como una concesión hecha al partido de la Alcaldesa, Un Nuevo Tiempo, para mantenerlo dentro de la unidad y así garantizar la estabilidad de esta frágil coalición política, así como el respeto de aquel partido político a las candidaturas de las demás organizaciones adversas al chavismo y pertenecientes a la alianza, y evitar cualquier acción imprudente de los azules.

No obstante la designación de Eveling Trejo, un sector considerablemente importante de la ciudadanía marabina manifestó por distintos medios su insatisfacción y desazón con respecto a ésta, llegando incluso a organizarse un proceso de recolección de firmas para solicitarle a la Mesa de la Unidad Democrática la sustitución de la actual candidata por otro específico abanderado unitario, quien cuenta con el apoyo de los firmantes y ha demostrado con acciones su preparación para ocupar el cargo de burgomaestre. Posteriormente, y a pesar de la consecución de un número de firmas suficientemente elocuente, la Mesa negó rotundamente el reemplazo de Trejo de Rosales, ratificándole el respaldo, lo que también hizo Capriles, quien además públicamente llamó la atención del otro dirigente que buscaba la candidatura y que alzó su voz contra la injusticia de la Unidad.

Es así como la oposición sacrificó la calidad por la conveniencia política, conveniencia que pongo en entredicho al no poderse asegurar de antemano la victoria de esta candidatura desfavorecida por su propias fallas y desaciertos. Es también así como la persona que tiene sobre sus hombros la gran responsabilidad que significa mantener el bastión que el Municipio Maracaibo representa para la alternativa democrática, y obtener la mayor cantidad de votos posibles para el total nacional -como ya dije, real objetivo de la Unidad-, es alguien carente de preparación para el gobierno de una entidad tan importante y de la honradez necesaria para lograr la transparencia de la gestión municipal y el uso adecuado de los fondos públicos, lo que ya ha demostrado en estos casi tres años de anarquía, corrupción desaforada, falta de escrúpulos, ineficiencia, mediocridad, incesantes viajes al extranjero financiados con dinero del erario público, desgobierno, en los que nuestra otrora gran ciudad ha visto acelerado el proceso de descomposición y desmoronamiento que atraviesa desde hace varios años.

Por otra parte, tenemos al candidato oficialista, quien no es más que un peón de la dictadura, del centralismo, un representante del gobierno que ha sumido a Venezuela en la borra, la hez, la mierda, lo más bajo del mundo. Este señor, Miguel Ángel Pérez Pirela, se jacta y tiene ínfulas de grandeza, de su preparación en las mejores universidades del mundo, de su supuesta gran capacidad gerencial, sus ánimos de unir a los bandos enfrentados y su amor por Maracaibo. Esto es, como era de esperarse de un designado oficialista, una sarta de mentiras, o para hablar con mayor claridad, una cuerda ‘e mojones.

Lo cierto es, que este prepotente tipo, además de haber abandonado Maracaibo hace bastante tiempo para “prepararse en las mejores universidades del mundo” y posteriormente residir en Caracas, no se educó precisamente en el área de la política, el Derecho público, la administración o gestión pública, o ni siquiera la privada, sino en disciplinas filosóficas, las que definitivamente –y sin ánimos de ofender a quienes estudian esa rama del conocimiento humano- no preparan a una persona para la gestión de una municipalidad, contrario a lo que él afirma; ni tampoco ha tenido, para suplir su falta de preparación académica en el área, experiencia en cargos que impliquen el ejercicio de la función de gobierno. Aparte de ello, el señor Pérez Pirela es célebre por conducir un programa de televisión en el canal del Estado Nacional y ser el responsable de una página web, ambos llenos de afincado rencor contra la oposición y caracterizados por el uso de un tono sarcástico y de burla constantes, por lo que pueden irse olvidando de la pretendida naturaleza conciliadora de este candidato.

Más aún, Pérez Pirela es, como afirmé previamente, un títere del centralismo. Su hipotética elección terminaría de aplastar el carácter autónomo de nuestro Municipio, sometiéndolo cual mero apéndice a las órdenes del cerebro en Caracas, y consecuentemente atacando la iniciativa privada y amenazando el ejercicio de los derechos y libertades de las personas. Basta esta razón para abstenerse de votar por el candidato del oficialismo, más allá de que según algunas opiniones su carácter de desconocido pueda darle el beneficio de la duda con respecto a los resultados de su gestión, que pudiesen llegar a ser positivos. No hay beneficio de la duda para un hombre que represente peligros y que sea la sombra de un tirano.

En lo que respecta a los demás candidatos a la Alcaldía del Municipio Maracaibo, es suficiente decir que son un chiste, lo cual pueden constatarlo ustedes mismos revisando sus programas de gestión en la página web del Consejo Nacional Electoral: sin contenido, con errores ortográficos y mala redacción -que dicho sea de paso, son vicios de que también adolecen los programas de gestión de los dos candidatos principales-. No hay un candidato independiente provisto de excelencia, propuestas, apoyo y osadía para realmente enfrentarse al dominio de los bandos antagónicos rojo y azul.

Ante este panorama, en el que todas las opciones que buscan ocupar la titularidad ejecutiva del ayuntamiento maracaibero parecen igual de lúgubres, ¿qué podemos hacer los ciudadanos? Pues, en lo que respecta al sufragio en diciembre, la decisión corresponde a la consciencia de cada quien. Apelo a la de nuestros compatriotas chavistas para que no se plieguen a la opción oficialista, sin preparación, sin experiencia, desarraigado de lo nuestro; un completo paracaidista. En cuanto a quienes comparten mi postura contraria al oficialismo, pienso que si su consciencia así lo demanda, es válido que voten por la señora Trejo de Rosales para plegarse a la estrategia política resultadista y de proyección planteada por la Mesa de la Unidad, por censurable que sea ésta; así como también es admisible que decidan abstenerse de ejercer su derecho al sufragio por no considerar aptas las candidaturas presentadas.

Yo particularmente me adhiero a la segunda alternativa, me abstendré de votar este 8 de diciembre porque considero mediocre la posibilidad que me ofrece la oposición, porque considero también incapaz a la opción oficialista, además de que mis valores morales y mi anhelo de justicia, orden y respeto al Derecho me impiden jamás votar por un candidato chavista, y porque veo las otras candidaturas como un insulto poco serio a la inteligencia de cualquier elector. En resumen, no pretendo legitimar con mi voto a una administración municipal que destruya mi amada ciudad. Prefiero reservarme el ejercicio del derecho de sufragio en esta ocasión, ya que al fin y al cabo, como en un post anterior expresé, el sufragio es un “(…) derecho, una facultad del ciudadano reconocida por las normas constitucionales y legales, pero no un deber”, por lo que la “(…)abstención electoral se convierte en una forma pasiva de manifestarse en el sistema democrático, permitida por nuestro ordenamiento jurídico, y perfectamente aceptable cuando es usada como forma de censura a las opciones electorales mediocres que en ocasiones se presentan”. Esto no es, de ninguna manera, un llamado a la abstención, eso, como dije, le corresponde a la volición de cada quien, a su fuero interno. Con esto simplemente comparto mi opinión de la situación en que están inmersos nuestro país y ciudad.

Ahora bien, qué pasa si nos planteamos la misma pregunta que anteriormente formulé: ¿qué podemos hacer los ciudadanos?, pero ya no en el plano electoral, sino en uno, digamos, más cotidiano y de iniciativa colectiva. Podemos, en primer lugar, dejar de mordernos la lengua o callarnos por pereza cuando estemos en desacuerdo con las políticas municipales (aplicando lo mismo en los ámbitos nacional y estadal), y empezar a denunciarlas de forma individual o agrupándonos, y por cualquier medio de que dispongamos. No podemos dejarnos amedrentar por el abuso estatal, al que tristemente ya nos hemos acostumbrado, debemos quejarnos, denunciar, mantener el espíritu de protesta que siempre ha caracterizado al Zulia y a Venezuela en general.

En segundo lugar, debemos asumir una actitud acorde con nuestros ideales y propuestas de progreso y desarrollo, no podemos protestar cuando nos parecemos a aquel contra quien protestamos. El civismo y el respeto y cuidado de nuestras esferas de desenvolvimiento debe caracterizarnos (recomiendo leer uno de mis posts previos: “Decálogo del ciudadano”, donde desarrollé unos lineamientos de conducta idóneos para forjar una cultura ciudadana impecable en cada individuo integrante de la sociedad. Pueden encontrarlo en este vínculo: http://www.reflexionesjosealberto.blogspot.com/2012/03/decalogo-del-ciudadano.html). Esto se torna más imperante aún tomando en consideración todo lo previamente planteado, es decir, considerando la inoperancia, pasividad y falta de profesionalismo de los titulares de los distintos entes y órganos estatales. Venezuela, y más específicamente en lo que nos ocupa ahora, Maracaibo, necesitan reformas profundas, un cambio drástico de las estructuras, tanto institucionales como las mentales de los individuos -de cuya consumación depende la realización de las primeras- (este tema lo desarrollaré probablemente en un post subsiguiente), y viendo que en el corto y mediano plazo estos cambios no serán impulsados desde el Estado ni por los políticos considerados en su conjunto, es una tarea que nos compete a todos quienes nos hacemos llamar ciudadanos.

Que así sea.

José Alberto Vargas La Roche.